Reseña 2: El santuario. Retorno del ser a sus orígenes

Por Yosnier L. Viñals

Una lectura evocadora

El santuario. Retorno del ser a sus orígenes me ha hecho recordar mis lecturas de adolescente, dos en especial: Crimen y castigo y Lobo estepario. Algo inusual si se entiende que aquí leemos una novela teológica.

¿Tres personajes en uno?

El autor nos eleva con sus disquisiciones teológicas y filosóficas, pero también nos hace resbalar por el barro de la historia; esa historia humana y finita en la cual solo Dios nos puede encontrar tal como somos.

La estructura psíquica del protagonista se transparenta en una suerte de complejo de Edipo espiritual. Allí veremos la terna «Robert-primer-yo» (ello), «Irene-segundo-yo» (superyó) y «Robert-tercer-yo» (yo). Ese primer-yo-en-medio-de-una-crisis-existencial que el autor muestra es tan brillante que gana rápidamente la simpatía del lector.

«Yo te amé primero»

Tanto como ese primer-yo se asombró de los argumentos de Irene me asombré yo. Ella argumentó como el primer-yo, toda llena de razón y de lógica. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que Irene es el segundo-yo. Disfruté el argumento de Irene, seguro, pero lo que más disfruté fue su «yo te amé primero». Eso me sonó más convincente que todo lo demás. Escuché a Dios decir lo mismo: «Yo te amé primero». ¿Acaso Irene es una metáfora del Redentor? Por cierto, cuando pienso en su nombre siempre me remito a su significado griego: paz.

La búsqueda de Robert

Robert e Irene parecen ser dos versiones de un cartesianismo-heideggeriano-sartriano. Intuyo que las ideas fenomenológicas-existencialistas han calado en el autor. Están por todas partes: la legitimidad de la duda, la existencia inauténtica, «lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros», ser-para-la-muerte… Aparecen en una suerte de dialéctica que terminan todas superadas por Cristo-en-la-cruz. La angustia de Robert hace más real su crisis existencial y su apego al existencialismo. Irene, por otra parte, parece un personaje más estoico, pero con jerga existencialista.

Estos personajes son complejísimos, pero consistentes y complementarios, bien elaborados. Solo en la medida en que Irene sea Robert, veremos que la luz de Dios siempre estuvo en Robert. La búsqueda nunca lo alejó de Dios, siempre lo acercó a sus orígenes.

El Santuario

La relación de Robert con la iglesia es siempre antagónica, siempre presente, pero transformadora. Al final, El Santuario es la solución que el autor propone para la iglesia de hoy como lugar de encuentro con su amor de siempre: Dios.