Reseña 1: El santuario. Retorno del ser a sus orígenes

por Lic. Sarai González Olivera

Una sorpresa

Mientras leía la novela teológica El Santuario. Retorno del ser a sus orígenes un torrente de emociones se desataba dentro mí. La trama, con sus personajes y escenas, me sorprendió: no esperaba leer una obra tan interesante y llena de ideas dignas de ser repensadas.

La destrucción de un dios falso

La decepción de Robert y su nueva «religión», su amor hacia la cordial Irene y los trágicos eventos que trastocan al protagonista son esos hilos dorados que dan un toque de gloria a la obra. El Santuario es una novela que no solo te lleva a cuestionar tu fe, sino que persigue, por todos los medios, desarmar al falso dios que muchos se han creado y con implacable fervor propagan, «un héroe infantil», como diría Irene.

En este sentido, el autor ha jugado un rol muy similar al de Moisés. Ese Moisés que, tras el encuentro con el Dios verdadero, tiene que descender del monte para hacer frente a la falsa imagen de Dios que el pueblo había fabricado. Un becerro de oro, reflejo del Egipto pagano que reinaba en los corazones de Israel, se convertía en la imagen de Jehová y en objeto de adoración (Ex 32:3-6). Moisés hizo beber al pueblo las cenizas de su dios quimérico (Ex 32:20); así también el autor expone el cadáver hediondo del dios falso construido en nuestra generación y nos obliga a consumirlo, pero solo para inducir repugnancia por «un dios que no es Dios» y despejar así el camino de la reconciliación con el Dios de la cruz.

Una historia real de reconciliación

Para lograr este fin se presenta el cuadro de un devoto cristiano que deviene ateo consumado por la experiencia y las ideas, un hombre «piadoso» que se siente feliz por haber asumido la única postura lógica que explica el cuadro deprimente de la vida humana y le permite, a la vez, estar en paz con el mundo. Su posición es confrontada con las firmes determinaciones y la inquebrantable fe de Irene, una joven que también ha enfrentado el imperio del desengaño y de la farsa religiosa. Y es que el autor no encubre la parte oscura de sus personajes, sino que extrae todo el preciado jugo que hay detrás de las más escondidas memorias para hacernos recordar que todo ser humano tiene una historia de carne y hueso, a veces podrida, pero siempre humana, que va más allá de las apariencias adornadas que a todos nos gusta mostrar y percibir.

Esta historia recrea una vida de aprendizaje sin matizaciones. Expone pruebas contundentes del amor divino que alcanza al ser humano por medio del ser humano. Sus páginas se coronan con la gloria del «Creador no creado»: la realidad de un mundo despiadado y caótico cede ante la visión del Dios soberano que controla los tiempos. Aquí el Evangelio fluye como agua viva y en su trayecto no se contamina, aunque lo inunda todo. Es así como se expone la realidad del alma que está lejos de Dios. Como lo dice la amada Irene: «El hombre sin Dios, sin importar su brillantez o necedad, vive sometido al poderío de un pensamiento sesgado que lo retiene bajo la incredulidad de un razonamiento deficiente del cual se enorgullece».

Riqueza literaria

Es una obra que entraña una gran riqueza literaria. Guarda en su interior la cantidad necesaria de suspiros de amor, el humor que aterra y divierte con comentarios sarcásticos y una magistral exposición de argumentos que guían al lector a la reflexión. Te hará llorar con sus fuertes historias, reír con sus comentarios peculiares, callar ante un hermoso romance, recapacitar frente a evidencias indubitables. Al leerla sientes la misma solemnidad y reverencia que expide y demanda un sermón que expone con dignidad el texto sagrado de las Escrituras, por medio del cual Dios mismo persuade y seduce al oyente al arrepentimiento. Esta novela tiene la capacidad de atrapar al lector y no soltarlo hasta haberlo impregnado de su esencia y llamado: el retorno del ser a sus orígenes.

Un libro para todos

Es un libro que puede disfrutar cualquiera que ame la lectura y ame ser alimentado por ella. No solamente tiene contenido para la población cristiana, también comporta un material sustancial para aquel que no conoce a Dios o reniega su existencia. Los planteamientos de Robert, guiados por su razonamiento, son totalmente válidos y sin duda alguna se insertan en el magnífico cuadro que supone la vida del ser humano que busca la verdad. Quien no se lanza al mundo de los cuestionamientos jamás tendrá el placer de recibir puntuales respuestas, y son aquellos que pasan toda su vida sin cuestionar nada los que viven en la excesiva miseria de la falsedad.

Todo lo expuesto hasta aquí es una muestra resumida de lo que El santuario hizo conmigo, pero también de lo que yo quiero hacer con El santuario.