FE Y LITERATURA: EL PROYECTO DE UNA UNIÓN INSOSLAYABLE (Parte 2)

¿Debe el cristiano leer solamente la Biblia?

En el post anterior afirmé que «el temor a la deformación moral, por sí solo, no hace indigna de leer a ninguna obra». Pero… ¿será posible que a este proyecto divino también puedan tributar textos cuya visión de la religión sea negativa? Esta pregunta será respondida hoy con un ejemplo poco conocido dentro de la comunidad cristiana.

José Saramago y el El evangelio según Jesucristo

José Saramago (1922-2010, escritor portugués galardonado con el Premio Nobel de Literatura) se definió a sí mismo como un ateo feliz (Esqueda 2002). Entre sus trabajos más notables y polémicos figura la novela El evangelio según Jesucristo, cuyo propósito principal ha sido resumido así:

En su esencia, El evangelio según Jesucristo no es otra cosa sino una denuncia contra el Dios del Antiguo Testamento. Saramago da a entender que solo un Dios intrínsecamente absurdo se satisface de la muerte violenta y sangrienta de sus criaturas. Un Dios tan absurdo es contrario a toda lógica y, por lo tanto, no puede ni siquiera existir. (Ibíd.)

Esta obra paródica fue abordada en el 2002 por el profesor de educación cristiana Octavio J. Esqueda. Su análisis entonces concluyó con la siguiente sentencia:

Los seminarios y los cristianos en general harían bien en familiarizarse más con el arte, ya que expresa la visión de un mundo al cual se busca alcanzar con el evangelio. (Ibíd.)

Recomiendo a los interesados leer las observaciones de Esqueda. Hoy, 18 años después, sus conclusiones sobre la necesidad que de la literatura tiene el creyente no han perdido vigencia dado lo ignoradas que continúan siendo. Al igual que él abordaré la temática usando a Saramago, pero centraré mi atención en su obra de teatro In nomine Dei, publicada en 1993. Como ya he presentado al autor en su faceta de ateo y crítico de la idea de Dios, continuaré con el análisis de su cuarta obra teatral.

In nomine Dei: contexto histórico

In nomine Dei (En nombre de Dios) basa su argumento en la ocupación de la ciudad alemana de Münster tras caer en manos de anabaptistas revolucionarios. Durante dieciséis meses (febrero 1534-junio 1535), estos rebeldes resistieron el asedio del ejército católico resuelto a reconquistar su ciudad. La obra recrea las ideas y acciones de los jefes del levantamiento con especial énfasis en las figuras de Juan Matthys y su discípulo y sucesor Juan de Leiden, ambos autoproclamados como apóstoles, profetas y reyes designados por Dios para el establecimiento de su reino en la tierra.

Los anabaptistas

El historiador cubano Justo L. González aborda este acontecimiento analizando las diferentes etapas por las que atravesó el movimiento anabaptista. Los primeros «rebautizadores» fueron pacifistas radicales condenados a muerte por decreto imperial desde 1528 (González 1994, p. 53). Aunque intentaron llevar más lejos la reforma de Lutero y Zwinglio, razón por la que se ganaron la oposición tanto de católicos como de protestantes, la verdadera causa de la persecución desatada en su contra fue, precisamente, su pacifismo extremo, por el cual fueron considerados subversivos y peligrosos para el orden social y político de la convulsa época del siglo XVI (Ibíd. pp. 51 y 52).

Esta primera generación fue exterminada con violencia y el movimiento sufrió un giro brutal y fanático que se mezcló con el resentimiento popular (Ibíd. p. 53) y desató sucesos como el de Münster. Finalmente, en 1536, el mismo año de la ejecución de los jefes de la rebelión, Menno Simons abrazó el anabaptismo con lo cual el movimiento retornó hacia el pacifismo original que le caracteriza aun en nuestros días (Ibíd. p. 55).

Esta obra de Saramago, como él mismo dijo, constituye una representación de «un trágico capítulo de la larga y, por lo visto, irremediable historia de la intolerancia humana» (Saramago 1993), y de esta forma pide el autor que creyentes y no creyentes la lean y la entiendan, porque así «se harán, tal vez, un favor a sí mismos» (Ibíd.). A continuación, expondré algunos elementos que me resultaron relevantes tras leer el texto dos veces.

Reminiscencias del sermón del monte

1. El falso profetismo

Desde el primer diálogo (cuadro 3 del primer acto) entre Knipperdollinck y Rothmann, hasta que se alcanza el clímax con la desvergüenza y excentricidad de Juan de Leiden, se puede apreciar cómo la historia se mueve con los hilos del pseudo-profetismo. A través de supuestas revelaciones de Dios y aplicaciones estrafalarias de las Escrituras, se llevó a cabo la destrucción de esculturas, pinturas, libros y todo lo relacionado con el culto tradicional; además, se forzó el bautismo de la población adulta, se expulsó de la ciudad, exponiéndolos a una muerte segura, a cuantos se resistieron, se estableció una comunidad de bienes al estilo de la iglesia primitiva de Jerusalén, Juan Matthys, Hille Feiken y un grupo que superaba los veinte salieron para cumplir una misión suicida, se instituyó la poligamia y se asesinó a todos los que se rebelaron contra el «escogido de Dios».

Este cuadro se sigue presentando hoy, aunque su horror adopta formas menos escandalosas. Y es que no en vano Jesús advirtió contra los falsos profetas que vienen vestidos de ovejas y son, en verdad, lobos rapaces (Mt 7:15-20). Estos extorsionistas codiciosos y crueles conocen bien cómo engañar y, si bien nadie puede por mucho tiempo falsificar la virtud, cuando su maldad se hace evidente es, con frecuencia, demasiado tarde para los torpes que se dejaron arrastrar. Por eso la sentencia de Jesús es clara: «Cuídense de los falsos profetas; evalúen al árbol por sus frutos» (Mt 7:15-20).

2. Las falsas señales

En el cuadro siete del primer acto, Matthys menciona el encarcelamiento de Melchor Hoffman «el maestro de todos» (Ibíd.). El mismo Hoffman que rompió con el pacifismo e inflamó a las multitudes cuando se cumplió la primera parte de su profecía según la cual él sería encarcelado por seis meses y después llegaría el fin y el establecimiento de la nueva Jerusalén (González 1994, p. 53 y 54). En el mismo cuadro, justo cuando Rothmann anuncia con ardor la entrada de Matthys a la ciudad y declara: «Ya el último día está alboreando. Se acerca la hora del regreso de Cristo nuestro Señor, se acerca el juicio final. Hermanos, preparaos», se manifiestan en el cielo fenómenos meteorológicos que la multitud interpreta como confirmación del mensaje apocalíptico recién dado. Así mismo fueron interpretadas las escasas victorias sobre las embestidas católicas, las cuales, además, fueron bien aprovechadas por Juan de Leiden para endiosar aún más su persona.

¿Cuál fue el resultado final de todo este frenesí? Hoffman nunca salió de prisión y la historia lo olvidó (Ibíd. p. 54); Matthys y Leiden encontraron la deshonrosa muerte en manos católicas; la guerra, el hambre y el ensañamiento de ambos bandos diezmó la población de Münster y… por supuesto, Cristo no regresó, aunque constantemente siguen apareciendo «ilustrados» con nuevas fechas y augurios hoffmanianos.

¿Cuántos lectores han podido oír aquí la voz de quiénes sobrecogidos por estar ante su Juez definitivo y convencidos de su fatal condena claman: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» (Mt 7:22)? Y cuál fue la divina respuesta: «Jamás los conocí. Apártense de mí, hacedores de maldad» (Mt 7:23). No pocos de aquellos que como creyentes genuinos se proyectan han abandonado la ley del amor y solo respetan la antigua sentencia: «Mundus vult decipi, ergo decipiatur» (el mundo desea ser engañado, luego engañémoslo). En consecuencia, urge que el cristiano siga la solución escritural al engaño: «que edifique su casa (su vida) sobre roca (Cristo mismo y sus palabras)» (Mt 7:24-29).

La incredulidad resultante

En el cuadro cinco del tercer acto, toma lugar una de las escenas a mi parecer más interesantes de la obra. Es el diálogo entre Heinrich Gresbeck (anabaptista) y Hans Van Der Langenstraten (mercenario al servicio de Münster). Ante la penosa situación que vive el bando anabaptista, Langenstraten comenta: «Dios es católico y no lo sabíamos» (Saramago 1993), a lo que Gresbeck responde: «Quizás Dios no sea católico, quizás no sea protestante, quizás no sea sino el nombre que tiene» (Ibíd.). La conversación adquiere un carácter silogístico y ambos se convencen de que deben traicionar a Münster para no traicionar a Dios. Sin embargo, Gresbeck, una vez más, añade: «¿Y si Dios no es más que el nombre que tiene?» (Ibíd.), y Langenstraten concluye: «Un día se sabrá, pero nosotros no lo sabremos» (Ibíd.).

Estos desertores son un ejemplo de los frecuentes resultados acarreados por los excesos y la falsedad religiosa: la incredulidad y el hastío. En sus mentes Dios se reduce a un nombre cuyo significado deriva del grupo humano que lo concibió para su propio beneficio. Este dios-imagen-del-hombre impacta la voluntad y el razonamiento del hombre-imagen-de-Dios; se puede decir que lo conquista. Así, la verdad que una vez fue aceptada, por la fe, en su corazón degenera para enclaustrarse en el campo de lo incognoscible. Y no es que estas víctimas no sean culpables, ¡lo son!, sino que su culpa proviene de un mal mayor. Como dijera el apóstol Pedro cuando en su segunda carta habla de los falsos profetas y maestros (el mal mayor): «Por culpa de estos el camino de la verdad será blasfemado» (2P 2:2), pero también añade: «Su perdición no se duerme» (2P 2:3), y así lo ratifica la historia de estos eventos.

La respuesta

Me he servido de unos pocos pasajes de esta obra para contestar la pregunta del título: ¿Debe el cristiano leer solamente la Biblia? Y la respuesta que daré es un enfático «no». Sin poner en duda la suficiencia de las Escrituras he querido destacar lo necesario de la literatura aun cuando proceda del más acérrimo ateísmo. La fuerza de la justa crítica que emana de este texto evoca, con la vehemencia de la historia traducida por el arte, algunas de las más solemnes lecciones que un día fueron pronunciadas por la boca del Maestro. El hecho es que esta obra, como todas, procede del ser humano que piensa y, que al hacerlo, pone en práctica un aspecto de la imagen de Dios en él. Por tanto, lo que el hombre dice puede estar mal aplicado, en tanto la imagen está dañada, pero su contenido siempre arrastra verdad, en tanto la imagen sigue presente. Y esa verdad merece siempre ser apreciada.

Por otra parte, aún queda una parada por hacer para satisfacer la interrogante lanzada en el primer post. Iniciamos nuestro viaje atacando el señorío del prejuicio y la desinformación. Continuamos y logramos ganar en claridad con el poder de la ejemplificación. Ahora, llegó el momento de usar el recurso de la sistematización. En la próxima y última entrega de esta serie expondré cuatro argumentos que prueban la importante contribución de la literatura a la fe.

Como ya les dije una vez: «Continúe con este blog. Hágalo suyo. Sea un colaborador para que la fe crezca nutrida con la savia de la literatura». Además de dejar comentarios puede sugerirme temas que le interese que yo desarrolle (siempre que sean afines al espíritu de este blog). También, si lo desea, puede contribuir con el blog enviando reseñas de sus lecturas, las cuales revisaré y publicaré con el debido reconocimiento de su autoría. ¡Hasta la próxima!

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Referencias bibliográficas

Esqueda, O. J., 2002. El Jesús de Endo y Saramago: La cristología de Jesús y El evangelio según Jesucristo. Kairos (31), 79-100.
González, J. L., 1994. Historia del cristianismo. Desde la era de la reforma hasta la era inconclusa (Vol. 2). Unilit, Miami, EE.UU.
Saramago, J. (1993). In nomine Dei. Titivillus (Ed.). Recuperado de https://b-ok.cc/book/6063526/edb2f9.

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